 ¿Superstición? (May. 22) Desde que el hombre supo pensar y no encontró explicación a los sucesos naturales que en el día a día observaba y contra los que nada podía, dio a su interrogante la única respuesta que le era posible en aquella época en que el desarrollo de los seres inteligentes era apenas incipiente. Así comenzaron a creer en fuerzas sobrenaturales.
El dios tal o más cual -según ellos- era el responsable de la lluvia, los truenos, la luz, la fertilidad de la tierra; el que controlaba la furia del mar o los vientos, o el que podía todo en favor de la vida o contra la muerte.
A los dioses responsabilizaban por los desastres de su casa grande: el mundo, y a ellos rogaban para que los detuvieran.
Nada o poco podían contra lo desconocido. Es por eso que se aferraron a las creencias para tratar de modificar su destino o su suerte; y lo peor es que aún hoy la fuerza de los deseos, en no pocos, ignora el desarrollo de la ciencia y millones de seres humanos siguen asidos a las ideas oscurantistas y a las supersticiones de todo tipo.
Así, además de las creencias religiosas, surgieron las costumbristas, las relacionadas con la magia, el curanderismo y la adivinación en sus más diversas formas: la astrología, quiromancia, cartomancia o tarot, geomancia o feng-shui y otras de mil maneras, procedencias y latitudes.
 No te cruces con un gato negro Es así que aparecieron supersticiones populares como, “si te cortas las uñas en los días que tienen erre” te sobrevendrá un padrastro o, "quien se cruce con un gato negro", que se cuide porque eso es sinónimo de brujería o cómo encontrarse con el mismísimo diablo.
La sal, mineral que para los supersticiosos representa las riquezas, no podrá derramarse en el piso porque sería como perder estas, así como tampoco debería limpiarse la mesa con papel, en lugar de utilizar un paño, porque las economías mermarían.
La suerte -aseguran los supersticiosos- puede ser alterada por un martes o un viernes 13, según el país, o porque se le ubique en una habitación o piso con esos dígitos, se case o embarque en esa fecha, o se sientan a la mesa ese número de personas.
Por ese camino habría que cuidarse de pasar debajo de una escalera apoyada contra una pared. Esta, con las superficies del piso y la pared, forman un triángulo y, entre otros, -afirman los supersticiosos- representa una puerta de entrada al mundo de los espíritus.
De país en país, de pueblo en pueblo, de boca en boca, van las supersticiones ¿Cuántas? Quién sabe, pero lo cierto es que las personas creyentes encuentran en ellas -remarcan algunos científicos- una estabilidad para su psiquis.
Experimentos llevados a vías de hecho por notables psicólogos, como el realizado por el profesor de la Universidad de Bristol, Bruce Hood, han demostrado que los esfuerzos por combatir las creencias "irracionales" resultan infructuosos, pues el cerebro humano tiende a funcionar de manera supersticiosa.
Una superstición -anotan otros eruditos- es el resultado de la forma prejuiciosa de juzgar la información que tiene nuestro cerebro. Es una distorsión cognitiva en el modo en el que los humanos percibimos la realidad, por lo que esta no coincide en modo alguno con la ciencia.
Pero, amigos, el mundo va cambiando y con él la gente, las cosas, sin embargo los proverbios, las supersticiones quedan...es así que ¡¡¡Jesús...!!! datan de los años 591, cuando Italia era azotada por una enfermedad epidémica, cuyos primeros síntomas eran los estornudos.
En el afán por alejar la epidemia, el papa Gregorio I hizo que los cristianos dijeran alguna invocación como “¡Jesús!” o “¡Salud!” para tratar de espantar la terrible enfermedad. Con ello se iniciaba la tradición romana de saludar con una bendición el estornudo, con la intención de eliminar del cuerpo posibles enfermedades.
Aún en nuestros días la tradición existe y como quiera que -como solemos decir- si no me da, no me quita- si en su cercanía alguien hace ¡Achuuuuu...! usted sabrá cómo decirle ¡Salud! Pero... por si acaso, tápese sus vías respiratorias.
Y, “por si las moscas” no se acueste del lado del corazón porque, si no le provoca malos sueños -como asevera la superstición- al menos estará más holgado y a sus anchas para seguir retozando en su pecho al compás de su toc,toc,toc…
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