(Notas sobre el II Encuentro Internacional de Escritores de Veracruz)
(May. 17) Hay distintos modos de nombrar las acciones con que especialistas o profesionales en un tema se convocan para exponer sus logros e intercambiar ideas y experiencias. Así se habla de convención, taller, simposio, festival… Sin embargo me gusta la palabra “encuentro”. Sugiere el contacto, la reunión, el conocimiento sosegado y amable de partes que a penas se conocen o saben de la existencia unas de otras. Presupone el hallazgo pero más intuido que buscado. De ahí el saldo de sorprendente alegría que todo encuentro deja.
Es la primera sensación que me brota a raíz de mi participación en el II Encuentro Internacional de Escritores de Veracruz. Auspiciado por la Unión Estatal de Escritores Veracruzanos, con el eficaz apoyo del Instituto Veracruzano de la Cultura y contando con el mayor interés del Gobierno del Estado, el intercambio cultural confirmó mis criterios acerca de lo que corresponde a un “encuentro”. El mismo se desarrolló entre el 15 y el 19 de abril en la sensual Veracruz, “borracha de sol”, como la cantara Agustín Lara. Entorno caribeño, donde la simpatía de su gente, la omnipresencia del mar, el calor meridiano y los danzones que se alzan en la noche de sus plazas, nos hacían creer que no habíamos salido de nuestra isla. Ambiente tan propiciatorio sirvió para la comunicación y la comunión de más de sesenta escritores de México, Honduras, El Salvador, Perú, Venezuela y Cuba.
En intensas jornadas de lecturas y en espontáneos acercamientos fuimos “encontrándonos” los participantes. Descubriendo esos puntos que nos prolongan y enriquecen en el otro. Supimos de esos textos no escritos pero sustanciales que son nuestros días sobre la tierra y forman el cuerpo significante tras nuestros nombres. Conocimos acerca del paisaje humano, geográfico e histórico de esas esquinas de la humanidad, los países desde donde hacemos creación. Logramos acceder a la esencia que nos hace visibles y útiles sobre el mundo, la obra de cada cual, con sus matices y maneras, para ver la propia mejor y bajo nueva lupa crítica.
Con las lecturas fuimos enterándonos de asuntos y modos que conforman la obra correspondiente. Esto es esencial pues resulta un conocimiento de primera mano, en la voz viva del autor, con la posibilidad de la comunicación ulterior para dilucidar y expandir ideas. En cuanto a las maneras, pues se abría un diapasón en arcoíris. Desde los que se atienen a una tradición ya asentada, para enriquecerla con los asuntos personales o del momento, hasta quienes intentan la ruptura, esa otra tradición que se anuncia según decía Paz. Estos asumen la geometría de las palabras, las nuevas dimensiones semánticas, la disolución gramatical. En cuanto a los temas, pues lo variopinto del mundo transitó por las voces. Sin embargo, dos me parecen consistentemente reiteradas. Uno, la incertidumbre e inconformidad ante un mundo que parece desbarrancarse en la insensatez, la cosificación y el abuso. Otro, la legitimación de la sensibilidad femenina, la defensa de la mujer como ser completo y autosuficiente. Así nos percatamos de que no somos tan diferentes, más allá de elementos accesorios; que todos tenemos con qué contribuir al desarrollo de nuestras letras; que conocernos es el mejor modo de querernos y querernos la vía para unirnos. Una experiencia así es sustancialmente enriquecedora, no solo para la superación del escritor sino para vigorizar la conciencia y, consecuentemente, refinar al ser humano.
Uno de los aciertos del Encuentro fue no separar géneros. La especificación en reuniones de poesía o cuento o ensayo es una práctica muy difundida, no desdeñable cuando se quiere tener visión de un género. Sin embargo, esta manera de difusión inclusiva brinda un conocimiento integral que beneficia el panorama de las letras de un área determinada. La posibilidad de que leyéramos y escucháramos narraciones, poemas, dramas, ensayos, crónicas, nos ponía ante una riqueza textual deleitable. A la vez posibilitaba tomar el pulso al movimiento de las letras en su marea común. Así mismo contaminó saludablemente a unos y otros con motivos e ideas. Se asumió la poesía como creación de mundos significativos mediante la palabra, no en el más estrecho sentido de verso. Resultó una ganancia para todos.
De entre los tantos autores que la memoria hace por sostener vienen por momentos flashes de realizaciones memorables. Así, la hondureña Diana Espinal Meza con mínimas construcciones que agudamente diseccionan lo sutil de la sensualidad femenina; Jacinta Escudos, de El Salvador, y su prosa pulcramente facturada para descubrir mundos donde la violencia enseñorea; Gloria Ariceaga y sus narraciones en que el asombro es bien conducido; Rosalía Alvarado de Nanni, con sus textos de donde el amor desborda; María Dolores Guadarrama y versos en que calcina el sol y la soledad de su tierra; María Elena Hinojosa y sus finas construcciones en que se eleva el delicado hilo del ser; Martha Elsa Durazzo y sus prosas donde la mujer se defiende con inteligencia y buen hacer; Gabriela Velázquez y sus suaves pinceladas narrativas, vaporizadas de misterio y lirismo; Rogelio Treviño, en verdad sobresaliente, y su poesía de filosa y emotiva penetración social sin concesiones que demeriten su texto, el peruano José Guillermo Vargas y su verbo lucido y lúcido que fervoriza sobre la poesía como servicio de mejoramiento.
Habría que añadir al cuadro de goces dos momentos especiales. Uno es la interpretación de instrumentos ancestrales por el músico peruano Juan José Paredes. Hace de la quena y la zampoña nobles medios de conformar mundos sonoros de tal vitalidad y variadas sugerencias que simplemente encantan. Realmente se trata de poesía por otros medios. El segundo momento lo constituye el refresco de la reunión con el grupo “Lectorum” que lidera Saúl Pizarro. Este joven es un entusiasta de la promoción literaria. Lleva a su colectivo y a la revista que dirige todo el fuego que lo mueve. Es un colectivo sediento de saber y curioso al despliegue de ideas y emociones. El diálogo con estos lectores-creadores fue esperanzador pues nos devolvió la convicción de que aún hay muchos que sí se interesan por asuntos primordiales del hombre.
Por último, este tipo de acciones dialogantes nos propicia la ocasión de incrementar la República de los Poetas, cuyo espacio no es geográfico sino espiritual. Se expande en proporción a los anhelos y afanes del alma de sus ciudadanos. Si bien Platón nos desterró del proyecto de república terrestre y práctica, por nuestro modo de no atenernos a la realidad visible, rutinaria, fatigosa, la vida va demostrando que tal materialismo superficial y utilitario, ya postra al mundo. Hace falta gente de nervio sensible, inconforme y edificante. Y en este encuentro hallamos decenas. Es así que con estas reuniones va creciendo la ciudadanía de esta patria del alma. En definitiva, todos los poetas, custodios de la verdad y la belleza, son compatriotas. Si en la rutina cotidiana me molesto y canso, al participar en encuentros como este me asombro de cuánta gente noble respira aún sobre el mundo.
Tal vez debiéramos poner todos los esfuerzos y medios en hacer multiplicar reuniones como esta. Espacios donde el encuentro nos proporciona la ocasión para el hallazgo del ser necesario y benéfico.
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