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(Abr. 20) Las deserción de los mambises no siempre terminaba en las filas enemigas. En el campo insurrecto se movían desertores que no se presentaban a los españoles. Estos estaban sometidos a dos peligros. Si eran capturados por los españoles podían ser ejecutados bajo la acusación de ser insurrectos y si caían en manos de los mambises también podían correr igual suerte por desertores.
En los testimonios escritos por participantes en la contienda era usual referirse a los desertores que merodeaban por los campamentos y prefecturas mambisas. Un líder civil insurrecto se encuentra a “Dos soldados de la fuerza de Santiago de Cuba a quines supongo desertores… (1) Pero estos hombres se mantienen en el campo insurrecto. Poco después escribirá: “Mi caballo desapareció el lunes, las apariencias son de que lo ha robado un tal Naranjo, desertor de la división de Santiago de Cuba” (2)
Es decir que en Cuba Libre se vivía en contacto con individuos que eran desertores de las unidades insurrectas pero no se presentaban a los españoles. Vagaban por ese espacio de fronteras imprecisas que era “La Tierra del Mambí”. Un acontecimiento bastante excepcional nos ayuda a comprender esa mentalidad. Un insurrecto que había desertado varias veces de su unidad fue condenado a muerte. Antes de ser ejecutado hizo unas declaraciones que un diarista mambí recogió. El infeliz expresó que: “no sentía morir porque ni quería servir en las filas de Cuba Libre, ni presentarse al enemigo, y si vivir independiente y á su manera.” (3)
Este era el pensamiento del “maja” como se le llamaba a estos individuos que trataban de mantenerse alejado de ambos bandos. En otro consejo de guerra contra un desertor celebrado horas después del fusilamiento de este soldado, fue condenado a dos años de trabajo forzado que era servir de convoyero (4) a un oficial de su batallón. Este desertor a diferencia del anterior que era reincidente y se enfrentaba a sus captores mientras el condenado a dos años en el momento en que lo iban a detener “… se contentaba con suplicar y reírse después de cogido” (5)
Un caso muy interesante para el estudio de las mentalidades de los insurrectos fue el de Jiménez un oficial villareño que fue enviado a las Villas con cincuenta rifleros como una avanzada de la invasión que se preparaba. Ocurrió un acontecimiento incomprensible a la condición humana de tratar de eludir peligros y sinsabores, base fundamental de las deserciones. De las tropas villareñas que operaban en Camagüey: “…se desertaron más de 60 de las fuerzas de las Villas que se le unieron… (6) La actitud esta contra toda la lógica. Estos villareños operan en Camagüey, un territorio en esos momentos en buena medida bajo el control de las incansables columnas de Máximo Gómez. Sin embargo no dudan en abandonar la relativa seguridad de esas tierras para marchar a Las Villas controlado por completo por el enemigo. En cierta forma es la antitesis de los famosos majases. Actuarán en una zona dominada por el enemigo en absoluta desventajas. Tan solo tienen a su favor que allí se encuentran sus familias y es su territorio natal. Esta es la esencia del regionalismo. Estamos ante una disciplina en extremo flexible pero que es necesario entender para estudiar la guerra de 1868.
Notas
1--Nydia Sarabia. Ana Betancourt. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana. 1970, p 147
2--Ibidem p 147
3--Ibidem, p 168
4--Convoyero era el encargado de buscar los alimentos a un oficial superior al que le era asignado. Muchas veces estaban desarmados.
5--Nydia Sarabia, obra citada, p 168
6--Nydia Sarabia, obra citada, p 213
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