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Manuel García Verdecia: “Bitácora de Odiseo”
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(Jul. 29) La poesía tiene sus falsarios. Son esos que se ven obligados a inventar catástrofes, desastres personales, marginalia de cartón piedra para llamar la atención y ganar la gracia prontamente. Sin embargo, esto no escapa al ojo advertido. Se siente la fabricación. Como dijera José Martí, “La poesía vive de honra.” Y la honra transpira con facilidad, se impregna, se deja sentir. Es lo que comprobamos a través de la lectura del poemario Música de fondo (Ediciones La Luz, Holguín 2010), de Yanier H. Palao. El mundo aquí descrito ha sido auténticamente conocido y padecido.
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(Jul. 22) La poesía es el olmo que da peras, certeramente ha declarado Octavio Paz. En ella el sueño, lo inaccesible y lo intangible se cumplen como realidad. No sigue otra lógica sino el fulgor de la ignición de unas palabras junto a otras. Y no es que toda insensatez sea permisible. Mas, si su realización nos deslumbra con el con el pálpito de algo genuino y significativo más allá de la comprensión inmediata y rutinaria, pues estamos en el ámbito genuino de la poesía.
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(Jul. 16) La poesía de la filipina Marjorie Evasco es como un tapiz sabia, primorosamente tejido, semejante a aquellos que vio tejer a las mujeres de la familia en su niñez de la isla de Boho. Ellas conferían visibilidad a un mundo de creencias e intuiciones a través de los maravillosos paños que hilaban. Con sus complejos y enigmáticos dibujos conformaban un ámbito expresivo donde astros, cielo, agua, árboles y hombres, se conjugan para patentizar la necesaria armonía de la existencia. A la larga, ¿qué es un poema sino una urdimbre de palabras, sentimientos e ideas que configuran un ámbito personal? Y más, ¿no es el universo todo un maravilloso tapiz donde materias básicas se combinan y transforman para conseguir la espléndida e infinita versatilidad del ser?
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(Jul. 12) Ahora que se conmemoran 108 años del nacimiento del intelectual cubano Nicolás Guillén he pensado recordarlo desde otra esquina de su hacer. Siempre se habla de él como el poeta original, rotundo, que fue. Es lógico, la poesía de Guillén no es solo un escalón eminente de la gradual evolución que la lírica nacional tuvo a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Es, además, una expresión creativamente depurada del reconocimiento de nuestra identidad mestiza. Sin embargo, otras zonas de su quehacer, con notables alcances, son un poco relegadas.
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(Jun. 29) La presunción es el disfraz del necio. Es una idea que ha guiado mi vida, de modo que he tratado que, cuanto hago: estudios, relaciones, reuniones, lecturas, escritura, concurran en dirección a depurar y templar la sencillez. No me queda la menor duda de que lo más hermoso del discurrir de un día tras otro palpita, oculto a los sentidos del fatuo, en las sencillas minucias con que nos acompaña el día. Y no es que la vida sea simple, es compleja, solo que su complejidad está dada por la urdimbre y la aleatoria asociación y metamorfosis de lo sencillo. Nada más tengamos en cuenta cómo el enorme y laberíntico edificio de la existencia se sostiene sobre la base de un compuesto integrado por siete elementos y que conocemos por ADN.
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(Jun. 28) Al romper el siglo XX, Amschel Kafka era un joven de diecisiete años, miembro de una antigua comunidad judía en una de las más bellas y florecientes ciudades de Europa central, Praga. Ya comprimían su espíritu el peso de una tradición estricta y el dictado de un padre que siempre lo tuvo a menos. Muchas cosas que lo afligían veía el joven sensible y formal aunque nada lejano al humor estudiante. La ironía es un brote de la inteligencia inquisitiva.
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(En su cumpleaños 80)
(Jun. 17) La inteligencia, bien lo sabemos, nos ayuda a contrarrestar la fatalidad, es el puente que nos aleja de lo estrictamente biológico y nos acerca a lo esencial e inagotablemente humano. Desde que me acerqué a la obra del profesor, publicista y escritor, Roberto Fernández Retamar, me pareció encontrar precisamente en la inteligencia la columna de toda su obra. Considerada desde una perspectiva estrictamente literaria, la misma irradia desde dos focos, la poesía y el ensayo. Al examinar ambos me preguntaba, ¿qué elemento unifica y distingue a estos senderos aparentemente bifurcados? Tras sucesivas acometidas, una constante saltaba a mi vista: una inteligencia perspicaz, innovadora y devota.
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(Jun. 08) En diciembre de 2004, casi agarro una pulmonía por caminar (los poetas siempre andamos ligeros no solo de equipaje) cuadras y cuadras por Praga, bajo una temperatura de nevera, en busca del café U Fleku. Era una promesa que tenía conmigo mismo. Otras ya las había cumplido en días más radiantes, al irme a los recovecos por donde anduvo Rilke a la caza de ángeles y al barrio judío en busca de las huellas del descubridor de los martirios del utilitarismo moderno, Kafka. Ahora intentaba llegar al sitio donde estuvo la guarida de uno de los poetas más singulares de la literatura hispanoamericana de los 60, el salvadoreño Roque Dalton. Entre la humareda de cigarrillos, el vaho a cerveza y la música, intenté adivinar donde se sentaba el poeta, qué miraba, cómo lograba conciliar aquel ámbito de jolgorio con la necesaria paz para apresar la poesía. Me dije que solo la ironía más afinada podía ser capaz de hacer congeniar naturalezas tan encontradas.
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(Notas sobre el II Encuentro Internacional de Escritores de Veracruz)
(May. 17) Hay distintos modos de nombrar las acciones con que especialistas o profesionales en un tema se convocan para exponer sus logros e intercambiar ideas y experiencias. Así se habla de convención, taller, simposio, festival… Sin embargo me gusta la palabra “encuentro”. Sugiere el contacto, la reunión, el conocimiento sosegado y amable de partes que a penas se conocen o saben de la existencia unas de otras. Presupone el hallazgo pero más intuido que buscado. De ahí el saldo de sorprendente alegría que todo encuentro deja.
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Bitácora de Odiseo |
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Música de fondo
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Diana Espinal, poesía desde lo inexplicable
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Marjorie Evasco, Tapices de Piel y Agua
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Nicolás Guillén, prosista
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La sencillez del poeta
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Kafka y la metáfora de un siglo
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Roberto Fernández Retamar o la inteligencia como actitud
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Uno de nuestros muertos indóciles
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Para qué sirven los encuentros
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Poesía y ciudad
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Desgracia, una novela necesaria
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Poesía y amor en Delfín Prats
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