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Domingo, 4 Deciembre 2016
El Che y el canto de fusil junto a una peña
Ernesto Guevara cayó en combate el ocho de octubre de 1967. Foto: Archivo
El héroe eternamente joven avanza por el Universo y después desciende a la Tierra para sentir en sus talones el costillar de Rocinante, y al redimirse asimismo, redime a todos los hombres.

Por ello todo propósito de enaltecer a Ernesto Guevara quedara supeditado a su nombre guerrillero y ciertamente este milenio también le pertenecen por derecho de herencia revolucionaria.

Para asemejarse a Don Quijote combatió la injusticia, estuvo junto a los pobres de la Tierra pero a diferencia del caballero de la adarga al brazo y su entorno imaginario de gigantes y molinos, el mundo del Che era real, lleno de escollos y espinas, de dictaduras criminales, impuestas por el imperialismo yanqui.

En verdad hay que evocar sus ideas, no tan solo por su caída en combate el ocho de octubre de 1967, en Bolivia, sino también por el ejemplo de una existencia consagrada a la lucha revolucionara en la primera línea de combate, con el canto de fusil junto a una peña.

Este es el hombre que a morir no tuvo miedo, y creció sobre las Cordilleras de los Andes y el Pico Turquino porque su nombre y su apellido también significan amor y libertad, valor y grandeza, humanidad y decoro, inteligencia y bondad, y avanza por todos los senderos, y está allí donde es más necesario.

Cómo habría reaccionado el Che antes los avatares que ha sufrido la humanidad después de su caída en combate el 8 de octubre de 1967. La respuesta está en el campo de batalla, como el guerrillero supo siempre, no tan solo en el enfrentamiento de las armas, sino en la confrontación de ideas.

Por eso, entre cielo y tierra hay tantas guerras por librar y ganar, tantos muros por derribar, tantas malas yerbas por arrancar, tantas injusticias que desterrar, y en contraposición a tales padecimientos, hay tantas cosas que enaltecen a los hombres: están las flores a cultivar, el amor que entregar, el credo que debe unir a todos, el talento de la bondad.

Los 48 años transcurrido desde su caída en combate lejos de atenuar su recuerdo más bien lo han acrecentado, al igual que las razones para evocarlo todos los días en un mundo que cada día necesita más de hombres como Ernesto Guevara, dispuesto a morir por sus ideales de justicia.

Aquel ocho de octubre el Che no cayó en Bolivia, el pueblo lo levantó con más fuerza para convertirlo en el Guerrillero Heroico, combatiente y vencedor en todas las batallas que libran los pueblos, esa gran humanidad que al echar a andar conjugó el verbo luchar en su marcha de gigante.

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