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Miércoles, 21 Febrero 2018
Un llanto sobre una tumba vacía
Cementerio de la ciudad de Holguín. Foto: Archivo
Hace unos días una señora a la que conozco se acercó a mí y con voz triste me dijo: Ay periodista, como me he acordado de usted. Hace unos días visité la tumba de mi abuelo y sus restos han desaparecido. ¿Usted no pudiera escribir sobre eso?

Hace años, cuando aún era estudiante de la carrera de Periodismo en la Universidad de Holguín, presenté junto a mi compañera Arlene Gómez un trabajo para la asignatura de periodismo de investigación cuyo tema era la profanación de tumbas.

Recuerdo que por entonces tenía ese miedo que le acompaña siempre al novato y confieso que escribir aquellas líneas constituyó un proceso fuerte de investigación, en el que descubrimos una parte oscura y triste de nuestra cultura.

Según Juan Manuel Saldívar, en su libro Construcción y significado de la muerte en la santería cubana tradicional, el origen de lo que hoy se conoce como santería, regla de ocha, religión yoruba o religión lucumí se enmarca a partir del siglo XVI y hasta el XIX, cuando se introdujeron en América un promedio de 40 millones de africanos, capturados en distintos puntos de África occidental y esclavizados en América. Esta trata de personas –conocida entonces como “trata negrera”– figuró como uno de los principales negocios de la época colonial en Cuba, junto al cultivo del tabaco y de la caña de azúcar.

Para quienes se interesan por el tema, sabrán que es común en la religión afrocubana, específicamente en su vertiente de Palo, el uso de restos de humanos para la realización de rituales y ceremonias. Las “ngangas”, también conocidas popularmente como “calderos”, constituyen una prenda de gran simbolismo dentro de esta cultura.

De tal suerte que estos “calderos” necesiten la energía de un muerto dispuesto a “vivir” en él, a cambio de que su dueño le ofrezca determinados favores, justo como si realmente hubiese regresado del más allá. Este muerto puede tener a su vez a otros que trabajan para él y a los cuales se les conoce como perros de prenda.

Se sobrentiende entonces que para cada nueva nganga se necesiten nuevos muertos, lo que ha llevado a un mercado negro de venta de restos humanos entre sepultureros, ladrones y profanadores.

Cabe destacar que si los restos en cuestión se tratan de alguien que en vida poseía determinadas condiciones como ser una eminencia de las ciencias o las artes, o quizás destacar por otros aspectos económicos o físicos, su anatomía y más concretamente su carabela, puede tener precios desorbitantes en este mercado pues se cree que posee poderes mayores lo que lo convierte en una poderosa fuerza.

De igual modo existen tarifas para fémures, falanges y cualquier otro pedazo de hueso que van desde los 150 pesos en moneda nacional hasta dos mil. Todo en dependencia de la parte del cuerpo que sea y para qué se utilizará.

Una de las premisas más importantes dentro de estas prácticas es el hecho de que ese muerto puesto a “trabajar” en el caldero al igual que sus “subordinados”, nunca más descansa pues aquel a quien sirve la nganga demandará de él cualquier servicio siempre a cambio de comida, bebida y en ocasiones sangre de animales.

No invoco con esto una cacería de brujas contra las religiones afrocubanas ni sus practicantes, eso es también parte de nuestra cultura y de lo que nos hace nación. Pero sí apelo a la humanidad de quienes se dedican a estas prácticas inapropiadas, porque los muertos merecen la paz y el respeto.

Estos lamentables sucesos siguen pasando en nuestra ciudad de Holguín con una pasmosa tranquilidad y son muchos los involucrados. Quizás esa señora que se acercó a mí con lágrimas en los ojos nunca lea estas líneas, pero que eso no nos detenga de cumplir nunca con un sagrado deber.

Ante estas fechorías nadie está exento de que un día triste lloremos, sin saberlo, una tumba vacía.

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