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Viernes, 25 Mayo 2018
Celia vive en el corazón del pueblo cubano
  • Escrito por Yarima Lisbet Acosta Torres
En este artículo: Historia
Celia Sánchez Manduley. Foto: Archivo
Cada 11 de enero el pueblo cubano se enlútese, al cabo de 38 años de la muerte de Celia Sánchez Manduley su legado vive en cada uno de los hombres y mujeres que día a día defienden la obra de la Revolución cubana.

Partió hacia la eternidad a pocos meses de cumplir los 60 años de edad cuando aún le quedaba mucho por hacer. No es justa la muerte cuando le arranca la vida a quienes tienen el pecho lleno de amor y convicciones patrióticas que defender.

Mujer de infinitas bondades, la heroína del llano, quien no dudó jamás en tomar un fusil al hombro para salir al frente junto a nuestro invicto Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, partió pero dejó su huella plasmada para siempre en la erradicación de la prostitución, la planificación familiar, la necesidad de la educación para ser más libres entre otras tantas aristas.

El agradecimiento a la flor más autóctona de la Revolución, al decir de ella el intelectual cubano Armando Hart Dávalos, sería poco, si tenemos en cuenta que defendió junto a Vilma Espín la igualdad de la mujer en la sociedad logro del que disfrutamos a plenitud.

Para muchos sobre todo para la nueva generación escuchar hablar de la igualdad de género y del protagonismo social para las féminas sea algo muy simple, porque nacieron con esos logros ganados. Lo cierto es que existió un antes de esas conquistas que hoy nos son accesibles y cotidianas de ahí parte también nuestro gratitud a Celia.

Aunque no tuve la dicha de conocerla por mi corta edad leer sobre ella me hace reafirmar mis principios como revolucionaria.

Saber que hubo quien no dudó un solo segundo en dar su vida para que mi Cuba fuera libre, para que los niños gozaran a plenitud de la alegría en un parque, para que los ancianos no murieran de hambre y tuvieran un sustento, me hace creer que un mundo mejor es posible, porque desde antes Celia Esther de los Desamparados Sánchez Manduley lo soñó.

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