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Lunes, 21 Mayo 2018

¿Por qué mentimos?
Desde los primeros años de nuestra existencia padres, madres y otras personas significativas nos insisten en que “los niños buenos no dicen mentiras”. Más tarde o más temprano, y sin que pongamos mucha atención para descubrirlo, nos damos cuenta de que todos, o casi todos, mienten.

La mentira ha acompañado a los seres humanos a lo largo de su historia. Los hombres primitivos engañaban a las fieras y las tribus enemigas para asegurarse cobijo y alimento. Miles de años después continuamos mintiendo, no para cubrir necesidades básicas sino para lograr la aceptación del grupo, tener mayor prestigio, obtener un buen puesto de trabajo, un mayor estatus o justificarnos en determinadas situaciones.

También mentimos para aparentar lo que no somos o no tenemos, para ajustar nuestra realidad a un escenario más deseable y para no enfrentarnos a algo que nos hace sufrir o que nos exige un esfuerzo extra.

¿Es el ser humano sincero por naturaleza?

Varios filósofos, sociólogos y psicólogos defienden la teoría de que la tendencia a la sinceridad es inherente al ser humano, pero explican que ya en los primeros años de vida existen mecanismos de control, de censura y de limitación, que hacen que aprendamos a gestionar la intimidad y los deseos en virtud de parámetros socioculturales.

Es evidente que la mentira forma parte de nuestra cotidianidad, incluso aunque no contemos embustes. El acto de faltar a la verdad no consiste solo en decir algo que no es cierto, sino en ocultar las certezas, poner una falsa sonrisa o adoptar posturas que aparentan lo contrario de lo que sentimos.

El filósofo David Livingstone Smith, uno de los estudiosos de la mentira más célebres del mundo, asegura que mentimos de una manera tan natural como sudamos y que cada día, entre las invenciones que relatamos, escuchamos y leemos, llegamos a las 200.

Esta práctica carece de importancia la mayoría de las veces. Por ejemplo, decir a un vecino o compañero de trabajo que se ha interesado por nosotros que nos va fenomenal, cuando en realidad estamos hecho polvo, facilita nuestra relación social y protege nuestra intimidad. El problema surge cuando, debido a nuestra inseguridad y a nuestra necesidad de sentirnos aceptados, mentimos de continuo.

¿Siempre la verdad y nada más que la verdad?

mentira insensible f archivoLos psicólogos y psiquiatras no se atreven a dar una respuesta rotunda a esta pregunta, pero sí concuerdan en que la decisión de mentir o no depende de dos factores: de cada persona y de cada circunstancia.

Hay personas muy rígidas que por educación o por convencimientos éticos y religiosos se sienten obligadas a decir siempre la verdad, aunque hagan daño al contarla. Han sido educadas así, y si cuentan una mentira se sienten tan invadidas por el sentimiento de culpa que prefieren no mentir nunca.

En cuanto a las diversas situaciones, jamás debemos mentir para eludir las consecuencias de una mala conducta nuestra y culpar de ella a otra persona, ni inventar algo de alguien con el objetivo de que sea rechazado por la comunidad. Sin embargo, si con una mentira piadosa podemos evitar una buena dosis de sufrimiento, por qué no emplearla.

Friedrich Nietzsche, en su libro “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, hace numerosas disquisiciones, de ellas comparto las siguientes:

- El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos.

- En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad.

- El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado sería justamente “pobre”. Abusa de las convenciones consolidadas haciendo cambios discrecionales, cuando no invirtiendo los nombres. Si hace esto de manera interesada y que además ocasione perjuicios, la sociedad no confiará ya más en él y, por este motivo, lo expulsará de su seno.

- Por eso los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas, hostiles, de ciertas clases de embustes.

- El hombre nada más que desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos”.

Les dejo con este primer acercamiento al tema, pero les prometo que volveremos al mismo en un próximo encuentro entre El Psiquiatra y tu.

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