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Martes, 12 Deciembre 2017
Estados Unidos tiene la palabra para mejorar relaciones con Cuba
Aunque la abrumadora mayoría de los estadounidenses considera que lo más provechoso sería mejorar las relaciones entre ambos países, poder viajar libremente e incluso, hay importantes pronunciamientos contra el obsoleto el bloqueo impuesto hace más de medio siglo y por la salida de la Base Naval de Guantánamo. Foto: Minrex
Este viernes, 16 de junio, el Sr. Presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, dará a conocer en Miami su política hacia Cuba. Aunque la abrumadora mayoría de los estadounidenses considera que lo más provechoso sería mejorar las relaciones entre ambos países, poder viajar libremente e incluso, hay importantes pronunciamientos contra el obsoleto el bloqueo impuesto hace más de medio siglo y por la salida de la Base Naval, de Guantánamo, cuando el mandatario escogió a Miami para hacer pública su posición, cualquier cosa puede suceder.

Ojalá que Trump respete y continúe la política de su antecesor, Barack Obama, pero considero importante, en este momento preciso, hacer un poco de historia sobre las encontradas relaciones entre ambos países vecinos.

Desde antes de surgir como nación, con la independencia de las 13 Colonias inglesas el 4 de julio de 1776, prominentes figuras políticas de Estados Unidos (EEUU) expresaban sus anhelos de anexar a Cuba y otras islas caribeñas a la futura potencia imperial. ¿Ejemplo?, John Adams, quien llegó a ser el segundo presidente del norteño país y tres años antes de la independencia, es decir, el 23 de junio de 1773 se refería en una carta a estas islas como “apéndices naturales del continente americano” y apuntaba: “es casi imposible resistir la convicción de que la anexión de Cuba a nuestra Federal, será indispensable para la continuación de la Unión”.

El propio Adams dejó bien claras las ansias expansionistas de la Unión cuando exigió en 1778 la conquista de Canadá, Nueva Escocia y Florida, manifestando en aquel momento: "Nuestra posición no será nunca sólida hasta que Gran Bretaña nos ceda lo que la naturaleza nos destinó a nosotros o hasta que nosotros mismos le arranquemos esas posiciones”.

Era la doctrina del “derecho natural”, contenido en la Declaración de Independencia y que sirvió para justificar su carrera expansionista iniciada en septiembre de 1783, durante las conversaciones de paz con Inglaterra, cuando EEUU, además de su interés por Cuba y los territorios mencionados anteriormente, insistió en negociar los de Canadá y los comprendidos entre los Montes Apalaches y el Río Mississippi.

Las históricas ansias de posicionarse de Cuba responden a la estratégica posición geográfica del archipiélago para ampliar su sistema defensivo; por su clima, fertilidad del suelo, los importantes recursos naturales que posee y por las diversas vías de comunicación marítima.


En 1787, Alexander Hamilton, Primer secretario del tesoro estadounidense, sugería que su país creara un gran sistema americano, superior a toda fuerza e influencia trasatlántica, para lo cual recomendaba la creación de un imperio continental americano, incluyendo la unión de otros territorios que aún mantenían su status colonial. Por supuesto, Cuba debía formar parte de dichos planes expansionistas.

Thomas Jefferson, tercer Presidente de los Estados Unidos, emitió sus primeras declaraciones oficiales sobre el interés de apoderarse de Cuba, en una nota enviada en 1805 al ministro de Inglaterra en Washington: "En caso de guerra entre Inglaterra y España, los Estados Unidos se apoderaría de Cuba, por necesidades estratégicas para la defensa de Lousiana y la Florida”.

Cinco años después, estando James Madison como presidente, llegó a Cuba un agente especial con la encomienda de conspirar con elementos anexionistas, al tiempo que el propio mandatario orientó a su ministro en Londres, que pusiera en conocimiento de aquella administración lo siguiente:
"La posición de Cuba da a Estados Unidos un interés tan profundo en el destino de esa isla, que aunque pudieran permanecer inactivos, no podrían ser espectadores satisfechos de su caída en poder de cualquier gobierno europeo que pudiera hacer de esa posición un punto de apoyo contra el comercio y la seguridad de Estados Unidos".

Súmele que el 28 de abril de 1823, el entonces secretario de Estado norteamericano John Quincy Adams, luego presidente de los Estados Unidos, lanzó a la publicidad el término del fatalismo geográfico cubano con su doctrina de "la fruta madura" o "espera paciente", basado en que “...hay leyes de gravitación política como las hay de gravitación física y así como una fruta separada de su árbol por la fuerza del viento no puede, aunque quiera, dejar de caer en el suelo, así Cuba, una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella, e incapaz de sostenerse por sí sola, tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana y hacia ella exclusivamente, mientras que a la Unión misma, en virtud de la propia ley, le será imposible dejar de admitirla en su seno.

“No hay territorio extranjero que pueda compararse para los Estados Unidos como la Isla de Cuba. Esas islas de Cuba y Puerto Rico, por su posición local, son apéndices del Continente Americano, y una de ellas, Cuba, casi a la vista de nuestras costas, ha venido a ser de trascendental importancia para los intereses políticos y comerciales de nuestra Unión”.

Días después, el presidente James Monroe al expresar su apoyo a la idea, afirmaba que "agregar a Cuba era lo que necesitaban los Estados Unidos, para que la nación americana alcanzara el mayor grado de interés... Siempre la miré como la adquisición más interesante para nuestro sistema de Estado". La Doctrina Monroe, basada también en el fatalismo geográfico, era un instrumento geopolítico que advertía a las potencias europeas no intentar “meter sus manos” en América. Esa advertencia intentaba además, eliminar las ventajas comerciales inglesas en el continente.

Estados Unidos utilizó muchas maneras para apropiarse de Cuba, pasando por el intento de comprar la isla en 1848, 1853, 1861, 1869 y 1897; el respaldo al desembarco del anexionista Narciso López en 1850; el reclamo de su “autonomía e independencia”; y como todos los intentos resultaron fallidos, ambas cámaras del Congreso aprobaron una Resolución Conjunta para intervenir al final del conflicto entre Cuba y España.

Según el citado documento, Estados Unidos “liberaría” a Cuba de España y se retiraría cuando existieran las garantías de un gobierno estable. El pretexto para la declaración de guerra fue la explosión del acorazado Maine, en la Bahía de La Habana, el 15 de febrero de 1898.

Intervino EEUU, se apropió de la victoria, dejó a un lado al Ejército Libertador y ocupó militarmente la isla de 1899 a 1902, pues, con la firma del Tratado de París, Cuba dejaba de ser colonia española y el vecino país se salía con las suyas, iniciando, con su presencia directa, un período de transición, que culminaría con la instauración de la República Mediatizada, cuyas libertades quedaron reguladas por la Enmienda Platt, que definirían las relaciones entre ambos países.

Basándose en dicha regulación, EEUU abrió en 1903 la Base Naval en Guantánamo y volvió a intervenir en la isla en 1906, 1909 y 1912; y como los gobiernos de turno respondían a sus intereses, se les permitía a marines yanquis ultrajar la dignidad del pueblo cubano, como hicieron el 11 de marzo de 1949 con la estatua de José Martí, en La Habana.

Cuando triunfa la Revolución, el 1ro. de enero de 1959, Estados Unidos arreció los embates contra Cuba, alentando y armando a grupos de bandidos y terroristas e intentando asesinar a Fidel en más de 600 ocasiones, incluyendo el plan magnicida del Paraninfo de la Universidad de Panamá; además de la agresión mercenaria, mucho antes, en 1961, por Playa Girón, organizada y financiada por Estados Unidos.

También Cuba recuerda los frecuentes secuestros de naves aéreas y marítimas, la voladura en pleno vuelo del avión, en Barbados, con 73 personas a bordo, en 1976, entre muchos otros atentados a embajadas y a objetivos económicos. Pues resulta imposible olvidar las bombas que explotaron en varios hoteles de La Habana, en uno de cuyos actos terroristas perdió la vida el joven italiano Fabio Di Celmo (1997).

En 1962, durante la Crisis de Octubre o de los Misiles, Estados Unidos estaba listo para atacar a toda Cuba con agentes incapacitantes, como parte de un ataque biológico que afectaría a millones de personas. Ya en 1961 había iniciado la infame “Operación Mangosta”, mediante la cual, la CIA se propuso causar enfermedades a los cañeros-azucareros, con químicos que debían ser esparcidos en los cañaverales.

También sufrimos en Cuba la introducción de enfermedades, como el dengue hemorrágico, contraído por 273 mil personas y murieron 158, de los cuales 101 eran niños. De la misma manera procedieron contra las crianzas aviar, vacuna y porcina, así como con plantaciones de tabaco, café y plátano.

Como a pesar de todo lo malévolamente realizado, no pudieron lograr sus propósitos, reforzaron el bloqueo, aprobando nuevas leyes, como la Torricelli (1993) y Helms Burton (1996); la de Ajuste Cubano, para estimular la emigración ilegal; y a las tradicionales agresiones de todo tipo, campañas difamatorias y presiones en organismos y eventos internacionales, Estados Unidos sumó sus transmisiones piratas de las mal llamadas Radio Martí (1985) y TV Martí.

Los cubanos aplaudimos el intento de normalizar las relaciones con Estados Unidos, gracias a las gestiones de Raúl Castro y Barack Obama, pero conociendo la historia vivida con el vecino del norte, distantes a solo 90 millas de esta perla de las Antillas, aplaudimos, pero no cerramos los ojos completamente, porque cualquier cosa puede suceder.

Solo resta esperar cómo reaccionará el actual presidente norteamericano respecto a nuestro país y reitero que la abrumadora mayoría de los estadounidenses está a favor de la normalización de las relaciones, y entre tantas otras cosas, poder visitarnos para intercambiar, conocer la realidad cubana y disfrutar las opciones turísticas que brinda un país en el que se predomina la paz.

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