bitacora de odiseo

El presente año ha sido considerado por la UNESCO como ocasión para homenajear a los afrodescendientes. El hecho, si bien es loable, nos vuelve hacia una realidad incontrovertible: la inmensa mayoría de los afrodescendientes no están aquí porque vinieron a fundar y extender sus horizontes. Sus progenitores fueron objeto de una de las más crueles e inhumanas acciones del hombre: fueron forzados a abandonar sus lugares de vida –muchas veces, es verdad, con la connivencia y el servicio de mezquinos jefes tribales allá – y constreñidos a viajar en condiciones dantescas miles de kilómetros para ser luego vendidos y expoliados como simples bestias de trabajo. Por lo tanto hablar de afrodescendientes implica recordar el ultraje de la esclavitud.

El descubrimiento –para los europeos – de lo que luego se denominaría América, si bien constituyó un elemento de progreso en determinados campos del saber humano, como la geografía, las técnicas de navegación y de supervivencia humana, desde muy temprano produjo la indeleble mácula del abuso y la exterminación de otros seres humanos. Fruto de las aspiraciones de adelanto, investigación y superación del hombre, al igual que su afirmación como ser supremo en la tierra traídas por el Renacimiento, sin embargo tuvo en nuestros predios el trágico saldo de millones de seres humillados, violentados y, frecuentemente exterminados.

En primer lugar se trató de los individuos que ya habitaban este continente, con civilizaciones de alto nivel de prosperidad material y espiritual, como la alcanzada por mayas, aztecas e incas. La conquista de América por los imperios coloniales es una historia de aniquilación social y cultural con el fin de transformar estos territorios en feudos de las metrópolis, intentando hacer de sus individuos meras caricaturas que hablasen sus lenguas, siguieran sus credos, soportaran sus imposiciones y, sobre todo, que no aspirasen a tener sus derechos sino simplemente a servir de herramientas de trabajo y lucro.

No obstante, si cruel fue para los aborígenes americanos, doblemente resultó para los africanos. En muchos casos, los aborígenes pudieron resistir, apoyarse en su conocimiento de la geografía y su cultura para crear golfos de resistencia y poder sobrevivir y mantener su propia herencia cultural. El sistema de encomiendas, si bien su esencia de amparo al aborigen en la letra, resultaba persistentemente violada en la práctica, de todos modos resultó un elemento de amparo a los oriundos americanos. Los africanos no contaron con nada parecido para su protección.

En primer lugar, se vio en los africanos una posible pieza de recambio para los miles de indios que desfallecían ante las atroces condiciones de trabajo. Sin embargo, pronto se advirtió en estos no solo un vehículo para mejor explotar estas tierras, sino que, en sí mismo, un elemento propiciador de riquezas. O sea que el africano fue, a la vez, objeto de mercadería y herramienta de labor.

No creo que se pueda saber con exactitud la cifra de personas originales de África que fueron traídas a estas tierras a partir de mediados del siglo XV –si bien cu comercio era anterior en zonas de Portugal y España –. Se dice que unos trece millones fueron trasladados hacia estas tierras y que de ellos alrededor de un veinte por ciento no resistió los rigores de insalubridad, mala alimentación y violentos tratos durante la demorada travesía por mar. De todos modos, los que sobrevivieron transformarían radicalmente el rostro de este continente. No solo con su historia de desarraigo y abuso, sino con sus luchas por la libertad e incorporación cultural a lo que se venía haciendo en América.

Tal es el pórtico para entender un fenómeno particular de la creación artística y literaria de América. El primer gran movimiento con suficiente autonomía que se desarrolla en América es el romanticismo. Este que había surgido en Europa como una revolución contra los desatinos del racionalismo occidental entronizado con el Siglo de las Luces, va a poner el acento en el individuo, en su inmediatez, en su lengua, en sus pasiones censuradas y solapadas por un racionalismo extremo.

En tal sentido es oportuno, recordar lo que apunta Enrique Anderson Imbert en su Historia de la literatura hispanoamericana. Al definir las especificidades del romanticismo afirma:
El romántico, más atento a las voces de su vida individual que a los consejos de una razón universal, se siente centro del mundo pero, al mismo tiempo, criatura de ese mundo.
Sin embargo, como todo movimiento literario anterior al modernismo, en nuestro continente las escuelas europeas pasaban por una apropiación que las adaptaba a nuestras circunstancias. En tal sentido, Imbert hace una observación:
En primer lugar, los románticos criollos carecían de una gran literatura domestica.
Esto no solo obligaba a buscar un modelo donde apoyarse, sino que daba una razón para modelarlo luego a conveniencia. Por eso, el investigador infiere que:
El romanticismo criollo fue más una actividad civilizadora que una escuela de bellas letras.
Esto es muy interesante pues no resulta casual que romanticismo estético e independentismo político estén muy vinculados en la historia americana. Los grandes escritores que representaron este movimiento surgieron aproximadamente en los tiempos en que se produjeron los primeros pasos emancipatorios: Esteban Echeverría, 1805-1851, Domingo Faustino Sarmiento, 1811-1888, Gertrudis Gómez de Avellaneda, 1814-1837, José María Heredia, 1803-1839, Cirilo Villaverde, 1812-1894, José Antonio Martín, 1814-1874, Cecilio Acosta, 1818-1881, José Eusebio Caro, 1817-1853, Manuel Maria Valencia, 1810-1870, entre otros.

Sin embargo, creo que no se ha estudiado lo suficiente una contribución fundamental del romanticismo en América. Es precisamente su decidida y apasionada vocación antiesclavista. Muchos de los románticos americanos dedicaron obras a describir y protestar contra esa lacra que enviciaba la sociedad de este continente por entonces. Ese elemento hay que entenderlo como parte de la vocación romántica de enaltecer el yo y la libertad irrestricta de ser este según sus anhelos y ambiciones.

Si algo definitivamente suprime la esclavitud es el ámbito del yo. El esclavo no puede construir un destino. No es dueño de su espacio ni mucho menos de sus deseos. Tiene que constantemente suplantar lo que su cuerpo y sus sentidos le piden por lo que le impone aquel que lo ha comprado como una herramienta o un útil domestico. No era incluso dueño de su vida pues el amo podía quitársela por alguna ofensa que considerase punible a ese grado. Esa reducción del ser desde el yo al ser desde el amo, lo condiciona, lo coarta y lo manca constantemente.

No fueron pocos los autores que dedicaron poemas, novelas y ensayos al asunto. Menciono algunos cubanos. El primer romántico americano –pues antecede en mucho la obra de Esteban Echeverría –, desde 1819 publica sus versos donde se alza una voz caracterizada por la exaltada pasión y el desbordamiento del yo, para no hablar de esa mirada acuciosa al pasado de América que es «En el Teocalli de Cholula». En el punto de que hablamos, ahí están sus versos «En la abolición del comercio de negros», donde describe la inhumana práctica:
Ya el hombre no obedece
Al dulce y blando imperio de Natura.
De codicia insaciable devorado
Racional no parece.
¡Ay! a la humanidad, a la ternura,
De su alma empedernida ha desterrado.
Del interés llevado,
Y en fiera convertido,
De su tráfico objeto el hombre ha sido.

Lisonjeando inhumanos
El vicio de los negros dominante,
Compran a muchos de estos desdichados.
Se venden los hermanos;
El tierno joven, y su dulce amante
Se miran con horror ya separados:
Los padres arrancados
A su prole inocente…
¿Tanta crueldad el cielo la consciente?
Hay que tener en cuenta de que esta protesta se eleva en medio de una sociedad que, aunque legalmente se había eliminado la trata, seguía consistiendo una práctica común, pues sustentaba mucho de la producción de estos países. Es por ello que autores como Francisco Manzano o Gabriel de la Concepción Valdés, «Plácido», muchas veces debieron disfrazar sus protestas pues, a la situación imperante del predominio esclavista, se sumaba su propia condición de hombres de color. Manzano –que había sido esclavo él mismo y luego apresado por participar en una conspiración de negros –, dejó una autobiografía que resulta un documento impactante desde el conocimiento personal de los agravios y desafueros que sufrían los esclavos. En su soneto «Mis treinta años» brinda un conmovedor testimonio del dolor acumulado:
Cuando miro al espacio que he corrido
desde la cuna hasta el presente día,
tiemblo y saludo a la fortuna mía
más de terror que de atención movido.

Treinta años ha que conocí la tierra;
Treinta años ha que en gemidor estado
Triste infortunio por doquier me asalta;
mas nada es para mí la cruda guerra
que en vano suspirar he soportado
si la comparo ¡oh Dios! con la que falta.
También Gabriel de la Concepción Valdés, «Plácido», mulato descendiente de esclavos. Sin embargo, otros autores blancos se apropiaron del tema y lo hicieron con dignidad y determinación.

Por su parte, Juan Clemente Zenea, inmenso poeta que sufriría por su patria y moriría fusilado por buscar su redención, dejó un ciclo de poemas donde inserta la aberración abominable de la esclavitud dentro del panorama de otra esclavitud mayor, la dominación de la patria por otra nación. En los textos de «En días de esclavitud» defiende a los infelices que sufren esa aviesa práctica. Pregunta a Dios por que no hundió las naves que venían si era a eso que lo hacían pues:
No el peso de ominosos yugo
De infausta servidumbre
Sufrido hubieran inocentes seres:
Y el indio humilde con su tez de cobre,
Y el blanco abyecto con su faz de rosa.
Y el hijo del dolor, el negro pobre…
Sin embargo, clama por un acto que les devuelva la honra, la lucha en busca de una libertad mayor, la de la patria:
Mas ¿qué escucho? Parece que en los llanos
Su voz difunden bélicos clarines
Y redobla el tambor sobre los cerros;
Y al trotar los alígeros bridones
Miro allá de la selva en los confines
A intervalos lucir brillantes hierros,
Y entre el humo correr los escuadrones…
Es necesario decir que la esclavitud no resultó solo en callado sufrimiento. Muchos negros hicieron estallar su dignidad y se rebelaron, escapando al monte y, ya cimarrones, enfrentándose s los abusivos esclavistas, sobre todo, golpeándolos donde más le dolía, destruyendo sus posesiones. Esto lo refleja muy bien otro romántico cubano, José Jacinto Milanés en su «El negro alzado». En él describe cómo un mayoral hace lo imposible por capturar al esclavo huido:
Desde bien temprano está
Silverio con mis tres perros
en aquel cañaveral
del vecino, registrando
todo, para ver si da
con él…

Nada: los cujes de yaya
que destrocé sin parar
la vez pasada en sus carnes,
no me puedo acordar ya
cuántos fueron; pero apenas
se pudo el perro parar,
cuando volvió al monte…

Anselmo Suárez Romero en su Francisco, escrita en 1837 aunque solo se publicara en 1880, toma a un negro, esclavo de una plantación de caña, para ofrecer la visión del dolor y el espanto del trato que estos seres recibían. También Gertrudis Gómez de Avellaneda en su novela Sab, 1841, describe las terribles imposiciones al esclavo, atacándolo desde donde más duele, su vida afectiva. La obra trata de un joven de color, Sab, que se enamora de la joven hija de su amo y debe enfrentar sus atropellos.

Sin embargo, de todos el que más integral y complejamente supo reflejar el asunto de la esclavitud y sus consecuencias sociales y éticas fue Cirilo Villaverde. Con su novela Cecilia Valdés, cuya primera parte apareciera en 1939 y luego se publicara completa en 1839, narra los amores de Cecilia, hija de las aventuras sexuales de un negrero con una mulata, por su hermano Leonardo, sin saberlo, algo que traerá la muerte de este último. Esta novela es un panorama espléndido del pensamiento y actitudes de los traficantes de esclavos, así como de la vida que tenían que seguir los negros, libertos o aún sirvientes, en esa sociedad todavía presa de sus antagonismos.

Sirvan estas notas para reconocer una ignominia que nuestra literatura supo enfrentar por sus medios. También para enaltecer un componente étnico y cultural que, si bien por causas ominosas, no obstante, en su devenir ayudó a conformar otra realidad física y espiritual en el continente.

Manuel García Verdecia, en Holguín 20 de abril de 2012

Escribir un comentario.Si ya está registrado debe iniciar sesion primero.