bitacora de odiseo

Ha muerto Wislawa Szymborska. Así de sencilla y tremenda, como la propia poesía de la autora polaca, es la noticia que nos ha enmudecido. Cada vez que muere un poeta, uno esencial y verdadero, el mundo se vuelve un poco autista, pues son los poetas quienes prestan su voz a decir lo más íntimo y verdadero que estructura y sostiene a aquel. Es como si una zona del alma del mundo se paralizara.

La poetisa había nacido en 1923 cerca de Poznań, la muy antigua ciudad del centro–oeste de Polonia, a orillas del Warta. Sin embargo, a los ocho años se mudó definitivamente a Cracovia, en el sur, ciudad de largo pedigrí cultural cerca de otro río de ensueños, el Vístula. Desde aquí vio transcurrir ochenta y ocho años de la vida de un siglo terrible y a la vez preñado de retos inquietantes. Desde allí alzó su pequeña, pero consistente voz para encantar al mundo con esa mirada sin mentiras ni presunciones. La existencia de la poetisa estuvo vulnerada por la guerra, por las invasiones a su país, por la indiscriminada muerte de judíos y patriotas polcaos, por los sucesivos cambios que intentaban lograr un país igualitario bajo la égida de burócratas abúlicos y desnaturalizados que, al final, permitieron la vuelta a un mundo de cruel competencia y cosificación. Esto lógicamente no podía dejarse de traslucir en sus versos. Tal vez de aquí ese mirada atenta pero desconfiada, explícita pero sin certidumbre que la caracteriza.

Para Wislawa, la poesía era algo cotidiano, familiar, que vivía, que sentía muy cerca, pero que no podía describir. En su discurso «El poeta y el mundo», declara: «… debo hablar de poesía. Sobre este tema raras veces me pronuncio, casi nunca». Su razón era que no sabía explicar algo que en sí mismo, más que una explicación, es un modo de aceptar y ser. Así lo canta en un poema:

La poesía,
pero qué es en verdad la tal poesía.
Más de una respuesta vacilante
surgió para esta pregunta.
Pero yo no lo sé, no lo sé y me aferro a eso
como a un barandal salvador. («A algunos les gusta la poesía»)

El hecho de no saber no indicaba una postura de extrañamiento del mundo en la poetisa. No se trataba de ignorar o querer desdeñar la vida, ni mucho menos encerrarse en sí misma para defenderse de lo que la sobrepasaba. Era una actitud de aceptada candidez que le permitía instalarse con la debida apertura, con los ojos limpios de prejuicios para ver y sentir mejor. El que se atrinchera en el yo sé, nunca llega más lejos que su pretensión.

Es precisamente de esta convicción que surge su peculiar concepto de inspiración. En el citado discurso, habla de esta como de un estado singular que incita, no solo a los poetas, sino a todos los que hacen su trabajo con «amor e imaginación». Expresa: «De cada enigma resuelto sobrevuela sobre ellos un enjambre de nuevas preguntas.» De manera que para ella esta singular facultad de percepción es un constante penetrar, desentrañar y volverse a engarzar en el enigma de la vasta realidad. Por eso, afirma, «La inspiración, sea lo que fuere, nace de un incesante “no sé”.» Es por ese ánimo que mueve a quien reconoce su no sé que estos seres siempre ven el mundo como inédito y, por ende, objeto de nuevas aproximaciones e interpretaciones.

Desde aquí traza un interesante distingo entre poetas (creadores, todos los que hacen con imaginación y amor) y otros a quienes les gusta también su labor, incluso en demasía y con celos en exceso. Se refiere a déspotas, fanáticos diversos y burócratas. Estos no solo trabajan con entusiasmo apasionado, con meticulosa dedicación, con entregada voluntad sino, además, convencidos de la significativa grandeza de su obra. Ya esto marca una distancia del poeta que constantemente se pregunta si de verdad estará rozando lo verdadero. No obstante, ella concibe otra divergencia mayor. Asevera sobre estos seres inconcusos: «… ellos saben. Saben y lo que saben les basta de una vez y por todas.» Cuanta terrible verdad concentrada en una breve frase (signo de la poesía). Los peores enemigos de la humanidad en su ascenso hacia su más alta redención son esos personajes persuadidos de saberlo todo sin posibilidad de sorpresas o permutaciones que se dedican puntillosa y esforzadamente a instaurar el reino de sus convicciones.

El poeta se caracteriza, según la autora polaca, por instalarse en este no sé que lo dispara a la indagación. El sujeto lírico avanza por el mundo como un sonámbulo, tanteando, sin conciencia exacta de adónde va, pero con la impostergable necesidad de ir. Siempre se mueve en el ámbito de lo incierto y desconocido. Como el sonámbulo, aunque lleve los ojos abiertos siente que ve algo del cual él mismo no está advertido ni plenamente consciente de su realidad. Escribe:

Qué gran suerte
no saber con exactitud
en qué mundo se vive.

Lo es porque si todo fuera previsible y advertido, ¿qué sería de nuestra existencia sino un recorrido por una galería ya vista y memorizada sin aliento de otra perspectiva?

En otro texto, donde la poetisa reflexiona sobre la inconmensurable variedad de la vida, vuelve a mostrar ese grado de perplejidad.

Cuatro mil millones de personas en esta tierra,
pero mi imaginación sigue siendo la mima.
Se las desarregla con las grandes cifras. («La gran cifra»)

O sea, la vastedad siempre supera la mirada. Si bien infunde mortificación, a la vez devine estímulo para mirar. Es la opción del poeta, intentar e intentar con la curiosidad, ganar dioptrías por la insistente y hurgadora penetración.

Escojo rechazando, no hay otro modo,
pero lo que rechazo es más numeroso. («La gran cifra»)

Aquí se descubre la conciencia de que nunca podrá el poeta aprehender hasta el último sorbo que pone ante sus labios la existencia. Sin embargo, se conforma con ir desgranando ciertas cifras, algunos granos de sentido, que van a instalarse en un sitio desde donde puede apreciar y actuar. Ese sitio se abre en sí mismo gracias a su imaginación y su curiosidad. Sin embargo, incluso esto no lo cumple del todo consciente.

¿De donde sale ese espacio dentro de mí?
–No sé. («La gran cifra»)

Este no sé aflora una y otra vez en la óptica y en la voz de la poetisa. El texto crece desde ese irrevocable no saber que despierta en deseo, urgencia, avidez de indagación. La obra poética de Wislawa Szymborska, como la mayoría de la poesía polaca –la cual tengo entre mis preferidas precisamente por eso – está signada por la legibilidad y le perspicacia. Tal legibilidad no implica distanciamiento de la elaboración expresiva, ni de la búsqueda de belleza formal, sino resulta del empleo de los recursos justamente como medios para visibilizar sentidos, no para despistar u ocultar. De aquí que sus poemas – sobre todo a partir de Sal, de 1962 donde se aleja de ciertas experimentaciones iniciales – se distingan por su claridad discursiva, la limpia precisión de lenguaje y la sorprendente hondura de percepción en los asuntos en que se adentra.

Sin embargo, esta expresión límpida y legible no significa rotundidez de aserción. Todo lo contrario, lo atractivo de sus versos deriva del contraste entre una clara exposición y un regusto de vaguedad, de manera que tras su lectura nos queda, más que una conclusión, una insinuación. Nos sume en una suerte de penumbra donde entonces debemos empezar a tantear. Su obra está siempre aureolada de incertidumbre. De modo que sus textos más que confirmaciones en torno a la realidad que la ha cruzado y vapuleado, constituyen impresiones, bosquejos, inquietudes, interrogaciones. Es por eso una poetisa impresionista en el sentido más estricto. La caracterización de su obra podría sintetizarse bajo el título de Maimonides: Guía de perplejos.

Hay un grupo de temas que son consistentes en la obra de Szymborska. Aspectos como la imposibilidad de conocer a fondo a la gente o el espacio que nos rodea, la permanente transformación del ser y los objetos, el mundo como un ámbito de pérdidas, nuestro semejante como un adolescente que no arriba a su sensatez madura, el amor como una creación escurridiza, el odio que mueve tanta destrucción, etc. Sin embargo, precisa hacer una salvedad. Si bien uno se percata de ciertos asuntos y motivos que recorren un sostenido número de textos, no quiere esto decir que sean esos sus preocupaciones temáticas. Resulta impracticable resumir los temas de un poeta, pues para este su cuestión es el mundo en su más profusa y compleja variedad. Hurga como puede en cada trocito de infinito y eternidad a su alcance. No obstante, como la vida misma, ningún asunto está aislado del resto, por lo que un poema carga una pluralidad de elementos si bien alguno puede destacar sobre otros. Incluso cuando un poema parece que tira hacia un rumbo, sus meandros de imágenes se desdoblan en otras sugerencias conexas o consecuentes. Es pecado de simpleza reducir el poeta a ciertos temas. En el caso de la poetisa polaca esto resulta más imprecisable, pues ella siempre nos adentra en ciertas arenas movedizas para que no confiemos en la superficie de la palabra. Solo que uno debe asirse a ciertas evidencias que sirven como asideros desde donde poder remontar a los posibles significados. Es así que uno conjetura –como yo ahora – ciertos trazos de grueso expresionismo, nada preciso ni definitivo, para intentar el acercamiento.

De cierta manera esta condición irreductible de los asuntos del poeta se evidencia en su poema «Conversación con la piedra»:

Toco a la puerta de la piedra
–soy yo déjame entrar.
Quiero penetrar en tu interior,
Mirar a mi alrededor,
Aspirarte como un soplo.
Vete –dice la piedra –.
Soy impenetrable.

Esta es la dialéctica entre el poeta y la realidad. Mientras él trata de ingresar en esta para explorar, ver, conocer, aquella acerroja toda puerta, ventana o visillo para no dejarnos penetrar. De modo que hacer poesía es de cierto modo ejercer violencia, si bien suave y generosa, sobre un ámbito que nos refuta el acceso. De aquí la versatilidad asuntiva de un poeta, pues en su intento de meter cabeza por uno u otro intersticio va divisando, vislumbrando, casi adivinando, el interior de la dura piedra de la realidad.

No obstante, hay dos poemas con los que quiero cerrar este elogio más que elegía. En ellos se percibe la mirada sensible, nada presuntuosa, pero centralmente humana de la poetisa. El primero es «Gente en el puente». A partir de un grabado del artista japonés, Hiroshige Utagawa, la poetisa nos propone una reflexión sobre el hombre y su relación con el entorno y la elusión del tiempo.

Raro planeta y rara es la gente que hay en él.
Sucumben ante el tiempo, pero no quieren reconocerlo.
(…)
Se ve un puente sobre el agua y gente en el puente.
(…)
Todo esto se resume en que no ocurre nada más.
(…)
La canoa navega silenciosa.
La gente corre apretada en el puente…
(…)
Este no es ningún cuadro inocente.
Aquí se ha detenido el tiempo.
(…)
Aquí sucede en buen tono
la alta autoevaluación del cuadro,
fascinarse y emocionarse con él por generaciones.
(…)
Por un camino sin fin, eternamente por recorrer
y en medio de su arrogancia creen
que así es la realidad.

Varias son las incitaciones de sentido que afloran en su lectura. La vida se cumple como una rutina de trivialidades, así como las que vemos en el cuadro. Insinúa el intento del artista y de los que admiran su arte por fijar lo amable del tiempo. Expone la evaluación de la superioridad de la representación al desgaste de la realidad. Y, por último, nos descubre esa lectura donde nos arrellanamos para sentirnos cómodos y divaguemos del yo sé antes que reconozcamos el no sé. Creer que entendemos, que dominamos, que nos sobreponemos a la realidad, nos hace sentir en control, vencedores sobre las vicisitudes de lo finito. Este texto es altamente revelador de la variedad de indagación vital y trascendente que propone la poetisa.

La poeta descree de las acciones y pensamientos que resultan de lo multitudinario. Reniega de lo que resulta de la masa y lo masivo. No es que desdeñe a sus semejantes ni rechace la comunión social. Es que considera que en la muchedumbre se regenera el espíritu de la manada. Esto potencia una acumulación de ignorancia, idiotez y mezquindad, derivada de no haber cultivado lo esencial del individuo humano, que estalla en las peores infracciones, ultrajes y violencias.
En otro texto se observa más explícitamente esta anomalía del hombre y su indefectible estupidez aniquiladora. Así expone en «Final y principio»:

Después de cada guerra
alguien debe hacer la limpieza.
Así como así, el orden no se logra.
(…)
Alguien debe arrojar los escombros
a un lado de la vía
para que puedan transitar
las carretas llenas de cadáveres.
Alguien tiene que atascarse
en el fango y la ceniza.
(…)
Esto no es fotogénico
y requiere años.
(…)
Hay que volver a rehacer los puentes
y las estaciones de nuevo.
(…)
Aquellos que sabían
de lo que aquí se trataba,
deben ceder el puesto
a los que saben poco.
En la hierba que parió
causas y efectos
alguien debe yacer
con una espiga entre los dientes
y mirar absorto las nubes.

Es precisamente ese ancestral espíritu de la manada el que se posesiona de los hombres y los empuja a imponerse, despojar, aniquilar al otro. Es la tensión motriz de las guerras. El hombre, que en su inteligencia roza lo sagrado, en su idiotez desciende a lo bestial. Entonces una y otra vez debemos recomponer los destrozos de nuestras juergas, cuando henchidos de soberbia y violencia, vamos cuchillo entre los dientes a desangrar al prójimo. Unos mueren, otros viven para devolver las cosas a su apariencia de normalidad. En ese lapso de arreglar y desarreglar, al parecer no sucede nada, nos repetimos. Y en el mismo sitio donde hirvió la sangre y floreció la guerra, un ser enamorado de la vida mordisquea una espiga que se nutrió de los fermentos del odio. Esa imagen final idílica es engañosa, pues nos hace olvidar que sobre ese ser ensoñador pende el azar de otra espiral de bestialidad. Así vamos andando, entre escombros, limpiezas y ensueños. Transcurrimos pero no superamos, parece decirnos la poetisa.

Por supuesto que la magnitud expresiva de un poeta evade todo intento presuroso y sucinto de revelarlo. Estas líneas son solo leves señas nacidas más de la vocación y la simpatía que de una comprensión cabal. La obra de un poeta –de uno en verdad como es el caso – es un vasto océano donde nos zambullimos infatigablemente sin que logremos traer de regreso en la mirada todo lo que en su fondo respira y se mueve.

Con la sencillez que vivió, escribió y aceptó su destino, así quiso ser recordada:
Aquí yace, anticuada como la coma,
la autora de algunos versos…
(…)
Tampoco hay otra cosa mejor sobre la tumba
que estas rimitas pobres, lampazo y lechuza.
Caminante, saca el cerebro electrónico de tu cartera
y medita un instante sobre el sino de Szymborska. («Sepultura»)

Así le tendremos presente, con la fuerza imprescindible de lo elemental. Cuando un poeta muere poco valen elogios o lamentos. Se impone el mejor de los homenajes, recorrer de nuevo sus textos. Allí queda su médula fértil, lo que lo salvará en el tiempo a través de la sucesiva memoria de las generaciones. La aventura intelectual por los textos de la Szymborska es un reto a descubrir nuestros propios no sé y desde ellos iniciar el arduo, pero hechizante ascenso a lo inexplorado.

Manuel García Verdecia, Holguín, 5 de febrero de 2012

Escribir un comentario.Si ya está registrado debe iniciar sesion primero.